
Termino hasta los dignísimos machos de Madrid. La gente que me circunvala me quema y aburre. La ciudad me estresa. No es nada nuevo. A pesar de haberme criado en un ámbito urbano, lo detesto. La vida allí no me parece saludable, ni verdadera.
No soy misántropo, pero cada vez hay más momentos en los que necesito estar solo. La algarabía, el cachondeo, el pendoneo nocturno y las fulanas escotadas hasta el ombligo con ánimo de chuparla me empieza a parecer aborrecible. Cada vez me recuerda más a “ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos…”.
Los trapicheos, el consumo de drogas y la fiesta “a tope” es decadente e infame. Desde hace tiempo no le encuentro el sentido o la gracia de antaño.
Las pijas que, la mayoría de ellas son las ya citadas fulanas, deberían acudir al psiquiatra. No tienen oficio ni beneficio. El dinero que tienen no lo ganan ellas. Sus conversaciones son tan trascendentales que prefiero hablar con las palomas de la Plaza Mayor. Su máxima aspiración es ponerse pechos de silicona y comprarse un BMW.
Me río de los amigos. Tengo una teoría y es que las personas fanáticas del fútbol no son de fiar: comprobarlo. Conocidos y camaradas tengo muchos, pero amigos verdaderos dos o tres. Son los que comprenden y escuchan. A ninguno le gusta el fútbol. Sin embargo, me harto y, a veces, es preferible la soledad.
Por otro lado, la rutina me mata. Ojalá pudiera asesinarla, pero sin dinero y con poco tiempo disponible es imposible. Otra gota más que colma el maldito vaso. La posición en la que aparecen los amigos, la novia y los padres es siempre la misma. Es un permanente Deja vu.
Sábado.
Comunico: me voy al pueblo. Necesito pasar un día fuera. Al norte. 70 kilómetros de Madrid. Solo, por supuesto, esa es la gracia. Cojo mi leal e infatigable SEAT Ibiza de 16 años. Apago el móvil y, cuando llego, aprovecho a estudiar.
Después me voy a correr por el campo. Llovizna, me da igual. Mejor, así hay menos probabilidad de encontrarme con alguien. Tras hora y media de entrenamiento vuelvo a casa, me pego una ducha y ceno. ¿Ahora qué?
Dios, ¡son solo las 9! Me niego a encender la televisión. Eso lo puedo hacer en la capital. Rechazo la idea de llamar a algún amigo. Para eso me hubiera quedado en Madrid.
Primeramente, salgo fuera y cojo leña para encender la chimenea. Desecho la idea de impregnar un trapo con gasolina y encender la lumbre. Prefiero el modo tradicional, aunque tarde más.
Las 10.
No soy misántropo, pero cada vez hay más momentos en los que necesito estar solo. La algarabía, el cachondeo, el pendoneo nocturno y las fulanas escotadas hasta el ombligo con ánimo de chuparla me empieza a parecer aborrecible. Cada vez me recuerda más a “ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos…”.
Los trapicheos, el consumo de drogas y la fiesta “a tope” es decadente e infame. Desde hace tiempo no le encuentro el sentido o la gracia de antaño.
Las pijas que, la mayoría de ellas son las ya citadas fulanas, deberían acudir al psiquiatra. No tienen oficio ni beneficio. El dinero que tienen no lo ganan ellas. Sus conversaciones son tan trascendentales que prefiero hablar con las palomas de la Plaza Mayor. Su máxima aspiración es ponerse pechos de silicona y comprarse un BMW.
Me río de los amigos. Tengo una teoría y es que las personas fanáticas del fútbol no son de fiar: comprobarlo. Conocidos y camaradas tengo muchos, pero amigos verdaderos dos o tres. Son los que comprenden y escuchan. A ninguno le gusta el fútbol. Sin embargo, me harto y, a veces, es preferible la soledad.
Por otro lado, la rutina me mata. Ojalá pudiera asesinarla, pero sin dinero y con poco tiempo disponible es imposible. Otra gota más que colma el maldito vaso. La posición en la que aparecen los amigos, la novia y los padres es siempre la misma. Es un permanente Deja vu.
Sábado.
Comunico: me voy al pueblo. Necesito pasar un día fuera. Al norte. 70 kilómetros de Madrid. Solo, por supuesto, esa es la gracia. Cojo mi leal e infatigable SEAT Ibiza de 16 años. Apago el móvil y, cuando llego, aprovecho a estudiar.
Después me voy a correr por el campo. Llovizna, me da igual. Mejor, así hay menos probabilidad de encontrarme con alguien. Tras hora y media de entrenamiento vuelvo a casa, me pego una ducha y ceno. ¿Ahora qué?
Dios, ¡son solo las 9! Me niego a encender la televisión. Eso lo puedo hacer en la capital. Rechazo la idea de llamar a algún amigo. Para eso me hubiera quedado en Madrid.
Primeramente, salgo fuera y cojo leña para encender la chimenea. Desecho la idea de impregnar un trapo con gasolina y encender la lumbre. Prefiero el modo tradicional, aunque tarde más.
Las 10.
Abro el armario del pasillo y encuentro un libro que hace años que no leía. Ni me acordaba que lo tenía en mi pueblo: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, de Pablo Neruda. Primera página: “Aurora. 1988”. Libro de mi hermana.
Voy al mueble bar y busco mi fiel Larios. Siguiente proeza: buscar una tónica. Encuentro dos en el garaje y son de lata. En el mismo lugar, abro una caja de plástico donde se guardan las golosinas, llena de antiguas cintas de música. Escruto un tesoro nacional: un disco de Joaquín Sabina, “El hombre del traje gris”, del año 1988. Esa noche tengo una cita con dos poetas.
Vuelvo al salón. Rebobino la cinta de Sabina. Echo más leña al fuego y me preparo un gin tonic. Leo en voz alta los poemas de Neruda que se sincronizan perfectamente con el crepitar de la chimenea. Tras una hora de poesía, Pablo cede la antorcha a Joaquín.
Preparo el segundo copazo mientras que suena la primera canción: “Eva tomando el sol”. La canto con Sabina, pero el cabrón no me deja hacer un solo.
Es cuando suena la tercera canción del disco, “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, cuando me doy cuenta que esa es (quizás) la mejor noche que he pasado, sin más compañía que el chisporroteo de la leña al arder, las poesías de Neruda y de Sabina.
Esta noche pasada no la cambio por nada.
“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.
Pablo Neruda
Voy al mueble bar y busco mi fiel Larios. Siguiente proeza: buscar una tónica. Encuentro dos en el garaje y son de lata. En el mismo lugar, abro una caja de plástico donde se guardan las golosinas, llena de antiguas cintas de música. Escruto un tesoro nacional: un disco de Joaquín Sabina, “El hombre del traje gris”, del año 1988. Esa noche tengo una cita con dos poetas.
Vuelvo al salón. Rebobino la cinta de Sabina. Echo más leña al fuego y me preparo un gin tonic. Leo en voz alta los poemas de Neruda que se sincronizan perfectamente con el crepitar de la chimenea. Tras una hora de poesía, Pablo cede la antorcha a Joaquín.
Preparo el segundo copazo mientras que suena la primera canción: “Eva tomando el sol”. La canto con Sabina, pero el cabrón no me deja hacer un solo.
Es cuando suena la tercera canción del disco, “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, cuando me doy cuenta que esa es (quizás) la mejor noche que he pasado, sin más compañía que el chisporroteo de la leña al arder, las poesías de Neruda y de Sabina.
Esta noche pasada no la cambio por nada.
“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.
Pablo Neruda


7 comentarios:
Yo adoro Madrid aunque supongo que es porque lo disfruto en pequeñas dosis. Una ciudad como Palma, mucho más pequeña en todos los sentidos, tepuede lloegar a agobiar cuando la conoces...
La calidad de vida de los pueblos no es comparable a la ciudad. A veces me escapo a Povedilla, un pueblecito en la sierra de Albacete... ¡Joder qué maravilla!
Una velada junto al fuego es lo más. Un copazo y buena música o un libro, o la compañía de alguien con quien te entiendas.
Me recuerda todo esto a la letra de Otra Vida del gran Franco Battiato:
"De manana en la
calle el tràfico loco me agota. Me enervan los
semàforos y los stops. Por la tarde vuelvo a casa
con un malestar especial. No sirven
tranquilizantes o terapias. Se quiere otra vida."
Un saludo
José, has tocado mi disco preferido de Sabina.
Eduardo, tú has tocado al mejor compositor de la historia de la música y precisamente esa canción es de las mejores... !Qué gran conjunción planetaria habéis provocado!
Yo cuando voy a mi pueblo también hago cosas parecidas. El pasado verano monté el antiguo equipo de sonido y el nuevo, un compacto lo conecté al ampli...buen resultado, Hilario Camacho y Jarcha, sonaban de maravilla. Y libros...somos tres a llevar libros.
Likuid,
La conjunción planetaria no sólo queda ahí. Me acuerdo que de pequeño me aprendía todas las canciones de Sabina porque mi hermana era fanática de él.
Con los años, los discos los compraba yo y ,en una entrevista, Sabina aseguraba que su inspiración veía de los poemas de Neruda. Por él empecé a leer a este poeta que en la actualidad lo tenía olvidado.
Esa noche fue un reencuentro. Para más casualidad, el disco de Sabina era del año 1988 y el libro de Neruda etaba firmado por mi hermana en 1988.
Un Saludo
Recuerdo como si fuera ayer la tarde en que fuí a comprar mi primera cinta de cassete. Era 1985, me costó algo menos de 200 pesetas, sé que pagué con uno de aquellos billetes naranjas. Yo tenía 8 años. El título: "Ecos de Danzas Sufi".
Joder Likuid, de ahí te viene...con 8 años en mi pueblo...teníamos 5 Tv entre todo el pueblo y bueno las radios de cretona funcionaban de fábula así que... "Radio Tarifa" y Manolo escobar...y entre medias Machín. Si había suerte la flauta y el tamboril.
A pesar de mi fobia al Larios y a Sabina, a partes iguales, ambos in the rocks, sigo releyendo opíparamente este post.
Reconforta.
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