viernes 24 de junio de 2011

CAMBIO DE VÍA

Me voy a otra bitácora. Seguirme.

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miércoles 1 de diciembre de 2010

LA NECESIDAD DE EXISTIR AUNQUE SEA SUFRIENDO EN EL INFIERNO

En las últimas semanas he leído tres magníficos libros. Los libros son: “Del sentimiento trágico de la vida y los pueblos de España” de Miguel Unamuno; “La utilidad de la religión” de Stuart Mill; “El anticristo” y “Cómo se filosofa a martillazos” de Nietzsche.La coincidencia hizo que estos tres libros los leyera simultáneamente. Habitualmente hago anotaciones y citas en mi libreta Moleskine sobre las ideas básicas de los autores y de los pensamientos y dudas que me suscitan determinadas afirmaciones.
El desvarío, la falta de sueño y mi extravagancia innata hicieron que mi mente fraguara una situación estridente y fastuosa. La ventana secreta quedó corta, sosa y aburrida al lado de mi imaginación.
Los tres intelectuales se reunían en una cabaña rodeada de un espeso y tenebroso bosque. Tras la copiosa cena comenzaba el fabuloso contubernio, la sucesión de gin tonic y los cigarros puros de Unamuno.Cuando todavía no se había iniciado el coloquio y todos teníamos la mente fría, Nietzsche hace una afirmación brutal sin venir a cuento: “El cristianismo niega la vida y condena sus valores, es la religión de los resignados y los espíritus débiles”.Stuart Mill casi se atraganta con el copazo. Unamuno le contesta: “El afán de vivir eternamente de los cristianos hace que queramos morir cuanto antes. Es el auto de fe: se desea la muerte como prueba de que se cree en Dios”.

- Nietzsche replica: “A eso me refiero. El deseo de morir y no el de vivir hace que el cristianismo y Europa se erija sobre unos valores erróneos que hay que segar. Europa es un continente enfermo y sus ciudadanos unos espíritus débiles”.
- “Yo quiero no querer morir. No soy Santa Teresa de Jesús”, “Quiero existir aunque sufra por ello. El dejar de existir es una idea que me horroriza”. Dice Unamuno.

- “El error del crucificado fue que enseñó cómo había que morir, pero no cómo había que vivir”, espeta Nietzsche.

- Unamuno se atusa el bigote y enciende un cigarro. Da una bocanada de aire. Anuncia: “Cuando era pequeño en el colegio, el cura nos decía que si incumplíamos la palabra de Dios seríamos sentenciados en el infierno con el consiguiente sufrimiento eterno. Yo siempre pensaba que el sufrimiento es mejor a la no existencia de vida tras la muerte terrenal porque el sufrir significa vida. Por lo que las palabras del cura no hacían mella en mí”




- Nietzsche recrimina: “Si vamos a comenzar con lo metafísico y lo universal me voy a dormir. Yo lucho y desprecio todo lo metafísico y absoluto. Hablemos de la desvalorización de los valores naturales”.

- Stuart por fin habla: “Calla viejo loco. Unamuno tiene toda la razón”.

- Nietzsche: “Vas a llamar loca a la puta madre que te parió”.

- José: “Caballeros, por favor, tranquilizaos. Esta es mi imaginación. Stuart, si tiene la amabilidad de proseguir…”

- Stuart: “Gracias José. Creo que el mero dejar de existir no es un mal para nadie. Tan sólo que se pierde la esperanza de reencontrarte con tus seres queridos ya fallecidos”.

- Unamuno: “Difiero de tu apreciación. Para los intelectuales y artistas es un espanto la no inmortalidad del alma. ¿Su conocimiento es efímero y fugaz? Si un pintor te dice que pinta sólo por deseo y vocación, ¿Por qué firma el cuadro si no es por lograr la inmortalidad y no dejar de existir en este mundo?

- Nietzsche: “El renacimiento es una tentativa de transmutar los valores cristianos”.

- Unamuno: “¿A qué viene eso? Cíñete al tema que nos ocupa y no mees fuera del tiesto”

- Stuart Mill: “Te repito lo mismo, Unamuno, para que reflexiones debidamente: el no existir no es un mal para nadie”.

- Unamuno: “Tus palabras son capciosas, ambiguas y tus ideas son ilógicas. Claro que el dejar de existir no es un mal para nadie: una vez muerto no te enteras de nada. Si no hay nada después es evidente que no te preocupas si existes, si sufres o si hay Dios”

- Stuart: “No son los hombres más felices quienes desean con mayor ansiedad la prolongación de la vida presente o la existencia de otra vida después de ésta. Son precisamente los que nunca han sido felices los que tienen ese deseo. Quienes han poseído la felicidad puede soportar la idea de dejar de existir; pero tiene que ser duro morir para quien jamás ha vivido. De ahí la función de consuelo que ejerce la religión cristiana”.

- Unamuno: “No, son todos para los que creen que la vida merece ser vivida y sufrida y que la no existencia es peor que la estancia eterna en el infierno”.

- Nietzsche: “José, ¿no es hora de volver con el temario de las oposiciones y dejarte de pamplinas metafísicas?”Se esfumó todo…

"Al ser humano le parece tan extraño existir que las preguntas filosóficas surgen por sí solas".

Jostein Gaarder (1952) Escritor y profesor de filosofía noruego.

viernes 12 de marzo de 2010

NO HIZO FALTA EL PREMIO NOBEL



"Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales".
Miguel Delibes

miércoles 10 de marzo de 2010

NO A LA MUERTE DEL TORO BRAVO. Prohibición en Cataluña, ¡YA!

"La hipocresía exterior, siendo pecado en lo moral, es grande virtud política".

Francisco de Quevedo (1580-1645) Escritor español.

martes 2 de marzo de 2010

YO SOY CUBANO

En 1962, John F. Kennedy hizo un emblemático e inolvidable discurso en Berlín. En esa arenga, Kennedy criticó la construcción del muro, la falta de libertad y el desprecio por los Derechos Humanos. No sólo eso. También criticó a las personas que, intentando justificar a la URSS, defendían que el comunismo era la ideología del futuro porque permitía un desarrollo económico y social. “Que vengan a Berlín”, les contestaba Kennedy.
Ich bin ein berliner, “Yo soy berlinés”, decía. Con esta simple frase nos quería transmitir que no sólo eran los berlineses los que estaban sufriendo, sino también todas las personas que amaran la Libertad del Hombre.
Este momento crucial de la historia contemporánea lo podemos extrapolar al período actual y, me enorgullece, ser quizás el primero que pronuncie con la debida connotación esta frase: “Yo soy cubano”. No son sólo los que se encuentran en la isla los que sufren. Todos somos los isleños que padecen la represión de un régimen despiadado con ínfulas de libertador.



La figura de Orlando Zapata está siendo empañada y contaminada por la propaganda del régimen castrista a través del diario Gramma. Es algo normal, todas las dictaduras lo hacen. Pero lo atroz es que, desde un país democrático, haya personas que, intentando justificar una ideología execrable, también desvirtúen la figura de Zapata.
Ayer, asisto perplejo a unas declaraciones del actor Willy Toledo en las que califica a Zapata de “delincuente común y terrorista” y arremete contra “la obsesión de España y Europa” por el gobierno cubano. Que Willy Toledo es un auténtico bastardo no nos coge por sorpresa, pero lo que nos llena de estupor es su afán manipulador y su ignorancia.
El denostar y desprestigiar a los que mueren por la libertad y la democracia también lo hacía el régimen franquista. Eran denominados vagos, maleantes, traidores de la patria, terroristas, dementes… Paradojas de la vida: lo que hacía éste oprobioso régimen es lo mismo que hacen estos antifranquistas actualmente. Ver para creer.
Siguiendo el brillante método analítico de este golfo podemos determinar que Julián Grimau, Enrique Ruano y Salvador Puig Antich eran “delincuentes comunes y traidores de la patria” y que Europa estaba obsesionada por el régimen democrático franquista.
Los mismos que luchan con tanto brío contra los dictadores muertos son los mismos que amparan a los que están vivos.

Que la muerte de Orlando Zapata no sea en vano.
Yo también soy cubano.



"El reloj del comunismo ha dejado de funcionar. Sin embargo, su construcción concreta aún no ha llegado a caer. Por esa razón, en lugar de liberarnos a nosotros mismos, debemos tratar de salvarnos de ser aplastados por sus escombros".

Alexander Solzhenitsyn

domingo 21 de febrero de 2010

UNA NOCHE DE ENSUEÑO: NI DROGAS, NI PUTAS, NI SEXO


Termino hasta los dignísimos machos de Madrid. La gente que me circunvala me quema y aburre. La ciudad me estresa. No es nada nuevo. A pesar de haberme criado en un ámbito urbano, lo detesto. La vida allí no me parece saludable, ni verdadera.

No soy misántropo, pero cada vez hay más momentos en los que necesito estar solo. La algarabía, el cachondeo, el pendoneo nocturno y las fulanas escotadas hasta el ombligo con ánimo de chuparla me empieza a parecer aborrecible. Cada vez me recuerda más a “ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos…”.
Los trapicheos, el consumo de drogas y la fiesta “a tope” es decadente e infame. Desde hace tiempo no le encuentro el sentido o la gracia de antaño.
Las pijas que, la mayoría de ellas son las ya citadas fulanas, deberían acudir al psiquiatra. No tienen oficio ni beneficio. El dinero que tienen no lo ganan ellas. Sus conversaciones son tan trascendentales que prefiero hablar con las palomas de la Plaza Mayor. Su máxima aspiración es ponerse pechos de silicona y comprarse un BMW.
Me río de los amigos. Tengo una teoría y es que las personas fanáticas del fútbol no son de fiar: comprobarlo. Conocidos y camaradas tengo muchos, pero amigos verdaderos dos o tres. Son los que comprenden y escuchan. A ninguno le gusta el fútbol. Sin embargo, me harto y, a veces, es preferible la soledad.
Por otro lado, la rutina me mata. Ojalá pudiera asesinarla, pero sin dinero y con poco tiempo disponible es imposible. Otra gota más que colma el maldito vaso. La posición en la que aparecen los amigos, la novia y los padres es siempre la misma. Es un permanente Deja vu.
Sábado.

Comunico: me voy al pueblo. Necesito pasar un día fuera. Al norte. 70 kilómetros de Madrid. Solo, por supuesto, esa es la gracia. Cojo mi leal e infatigable SEAT Ibiza de 16 años. Apago el móvil y, cuando llego, aprovecho a estudiar.
Después me voy a correr por el campo. Llovizna, me da igual. Mejor, así hay menos probabilidad de encontrarme con alguien. Tras hora y media de entrenamiento vuelvo a casa, me pego una ducha y ceno. ¿Ahora qué?
Dios, ¡son solo las 9! Me niego a encender la televisión. Eso lo puedo hacer en la capital. Rechazo la idea de llamar a algún amigo. Para eso me hubiera quedado en Madrid.

Primeramente, salgo fuera y cojo leña para encender la chimenea. Desecho la idea de impregnar un trapo con gasolina y encender la lumbre. Prefiero el modo tradicional, aunque tarde más.
Las 10.
Abro el armario del pasillo y encuentro un libro que hace años que no leía. Ni me acordaba que lo tenía en mi pueblo: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, de Pablo Neruda. Primera página: “Aurora. 1988”. Libro de mi hermana.
Voy al mueble bar y busco mi fiel Larios. Siguiente proeza: buscar una tónica. Encuentro dos en el garaje y son de lata. En el mismo lugar, abro una caja de plástico donde se guardan las golosinas, llena de antiguas cintas de música. Escruto un tesoro nacional: un disco de Joaquín Sabina, “El hombre del traje gris”, del año 1988. Esa noche tengo una cita con dos poetas.

Vuelvo al salón. Rebobino la cinta de Sabina. Echo más leña al fuego y me preparo un gin tonic. Leo en voz alta los poemas de Neruda que se sincronizan perfectamente con el crepitar de la chimenea. Tras una hora de poesía, Pablo cede la antorcha a Joaquín.
Preparo el segundo copazo mientras que suena la primera canción: “Eva tomando el sol”. La canto con Sabina, pero el cabrón no me deja hacer un solo.
Es cuando suena la tercera canción del disco, “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, cuando me doy cuenta que esa es (quizás) la mejor noche que he pasado, sin más compañía que el chisporroteo de la leña al arder, las poesías de Neruda y de Sabina.
Esta noche pasada no la cambio por nada.



“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.

Pablo Neruda

miércoles 10 de febrero de 2010

VENDETTA 3/ 10. MUERTE A LAS IDEOLOGÍAS


Decía un político honesto que el mundo no necesita de ideólogos, sino de técnicos de la economía e ingenieros políticos. Lo decía un tipo que supo zafarse de las presiones izquierdistas de su partido y de sociólogos como John Kenneth Galbraith y su libro The Affluent Society.
Por mi parte, detesto el dogma, los fundamentos y principios ideológicos. La ideología es la culpable de las guerras, el hambre y los genocidios. Es el infecto pañuelo que venda los ojos del ciudadano y le impide elegir objetivamente.
En la carrera elegí como optativa una irrisoria asignatura llamada “ideologías políticas”. Sin embargo, a pesar del nombre, el programa se centraba en un análisis histórico de las ideologías y el estudio de once libros referentes al socialismo utópico, el marxismo, el revisionismo socialista de Berstein y compañía, el fascismo, nacionalsocialismo, neoconservadurismo, sionismo y las brillante tesis de Saul Alinsky (mentor ideológico de Hillary Clinton y Barack Obama), entre otros temas. A pesar de la prolífica materia no me sirvió para nada. Rectifico: me sirvió para hacer sendos debates en casa de Tino, el filólogo y poeta, al son de la marihuana, los gin tonic y la farlopa. Dejo constancia aquí y ahora que era el único que no me reventaba la nariz con el polvo blanco (sic).
El profesor que impartía la asignatura era Manuel Pastor. Un viejo socialista, antiguo asesor de Felipe González y actual catedrático de Ciencias Políticas. Ahora forma parte del movimiento conservador, crítico acérrimo de Obama y de la izquierda española.

El tipo sostenía lo mismo que yo. Sin embargo, argumentaba que el dogma forma parte del foro interno de la persona y que no podíamos desentendernos de él. Yo no poseo ideología, le espeté.
Claro que la tienes. El rechazo a la propia ideología, constituye de por sí una ideología. El anarquismo y el falangismo, se supone, son una superación de la división derecha e izquierda, pero es una ideología. Me dijo.
Puse una cara de interrogación. Quedé anonadado por su ocurrencia. El mamarracho me había llamado por la cara anarquista o falangista. Es cierto que admiro los axiomas del anarquismo, pero son una utopía. ¿Cómo puede haber orden sin un mínimo de poder estatal? Además, creo en Dios, cosa que no cuadra con el “ni Dios, ni patria, ni amo”.
Por otro lado, es cierto que también admiro a José Antonio, al igual que Ian Gibson. Esto encaja más: desprecio a Franco y la utilización de la figura de Primo de Rivera como pilar del franquismo. Sin embargo, el nacionalsindicalismo es también incoherente. No obstante, también alabo a Alfonso Guerra, Julio Anguita, Nicolás Redondo, Manuel Pimentel, Julián Besteiro… lo que les dignifica no es su dogma, sino su honestidad.
Se puede ser de derechas o de izquierdas, pero, a pesar de ello, hay principios objetivos y universales que escapan al control de la ideología. Por ejemplo, para que una economía funcione se requiere más ingresos que gastos. Seamos keynesianos o neoclásicos esto es así.
Otro principio que escapa al control ideológico y es de sentido común: si queremos un desarrollo humano y educativo se requieren políticas sociales.
Otro más: si quieres la paz, prepara la guerra. El ejército está para luchar y no para repartir compresas, chocolatinas y condones. Aprende de esto, Chacón.
El último: podemos ser socialistas, derechistas, comunistas o nacionalistas, pero hay una convicción digna que nos debe de unir por el bien del país y es la imperiosa necesidad de derribar a Zapatero y a este Gobierno. Y si no se hace, en un futuro los políticos de ahora deberán rendir cuentas.
Tenemos políticos de izquierdas y derechas. Es hora de tener políticos honestos, excelentes tecnócratas e ingenieros del Estado que defiendan el bienestar, la dignidad y la libertad del hombre. Cumplamos la afirmación de Kennedy.


"Las ideologías nos separan, los sueños y la angustia nos unen".

Eugène Ionesco